27 de Noviembre de 2010

Han sido días de mucha actividad, mi sangre hervía, montando estanterías y organizando mis libros, mis amados libros. Imprescindibles en mi vida y en la vida de mis hijos. Los libros ayudan a despejar la mente y ejercitan la capacidad de reflexión.

Era para mí importante tenerlos organizados antes de la operación, ha sido todo un “sprint”, pero ha valido la pena. Ahora se respira tranquilidad, nos falta montar el comedor, pero las habitaciones y cocina ya están en orden.

Entre estanterías hemos estado yendo y viniendo del hospital, preparando la operación, me asombro de mis capacidades, años de vivir en una montaña anestesiaron una parte de mi misma que ahora recupero y agradezco reconocer.

Enfrentarme a decisiones sobre mi cuerpo me han hecho consciente de la responsabilidad que tengo conmigo misma. Uno no puede llegar a la consulta de un cirujano sin tener la cabeza centrada, no puede ir sintiendo el peso que da la palabra cáncer, porque en definitiva simplemente es una palabra y tiene que pesar en su justa medida. Jamás el peso de una palabra puede llegar a inhabilitar la capacidad de decidir y de cuestionar según que cirugía que rebasa los límites, porque antes de un tratamiento del todo radical existen otros caminos, que son más costosos para la administración, pero son igualmente efectivos y en algunos casos son mejores.

La vida me muestra que esto es una palabra y que mentalmente puede contigo si tú te dejas, esta reflexión, sin frivolizar, de lo que puede llegar a actuar cada palabra y, cada gesto que conlleva cada una de las palabras, ha hecho de mis conversaciones con mi médico un reto, en el que ambas hemos de darnos argumentos a la hora de seguir con las acciones que determinaran mi tratamiento.

El médico me propuso entrar en un programa, me pareció razonable su argumentación, así que tuvimos sólo una semana para los preparativos de la operación, en una seguridad social colapsada y en la que encontrar huecos para personas como yo se convierte un reto para las administrativas, algunas de ellas implicadas hasta en lo personal. Lo cual se agradece.

Me dio la risa cuando abrí el sobrecito que me dio el médico anestesista, una pastilla azul, Valium 10, para que me la tomara el jueves por la noche, sólo tomé la mitad. No estaba dispuesta a ir sin estar en plenas facultades. La pastilla me iba a inducir a un matrix totalmente irreal.

Viernes, gran día, a las 8:15H ya estaba en el hospital, como un clavo, y lo más alucinante, estaba totalmente tranquila y confiada . Coincidí ayer con mi compañera de habitación, en la sección medicina nuclear, en donde nos inyectaron un contraste para poder marcar la zona de la intervención. La reconocí y saludé.

Nuevamente me ofrecieron un Valium 10, cosa que rechacé, estaba tranquila.

La intervención fue bien, eliminé la anestesia general tan pronto me subieron a la habitación, las cuñas y yo estamos peleadas, así que fui al baño, ante la estupefacción de todos. Me recuperé rápido. Durante las siguientes tres horas estuve respirando pausada y profundamente, tratando de oxigenar al máximo mi cuerpo. Hubo tiempo para conversar con mi compañera de habitación.

Estoy comprendiendo esta experiencia, en la que reconozco mi capacidad no sólo mental sino emocional para superar y vivir esta experiencia tal como va viniendo, descubro mi capacidad y fortaleza, que jamás pensé que tenía, esa fortaleza existe y se expresa.

Los ojos de mi padre delataban la valentía de mis gestos. Gestos que jamás se vinieron abajo, sino al contrario, crecieron.

La vida no me cuestiona ni me teme, el ser humano teme y se cuestiona, la valentía es en ser vida y sentirla como late furibunda por todo nuestro ser, una vida que ahora quiere expresarse sin más.