4 de noviembre de 2010

Después de un día ajetreado, escucho Dorian. Deseé tomar esas pastillas rosas, soñar sin soñar. Pero la verdad golpea con certeza, midiendo la capacidad de aceptar una realidad que se ha roto, yo deseo estar en cualquier otra parte.

Quiero ir en la nave de Gattaca, a cualquier otra realidad, razones suficientes no me faltan, aunque también razones no me faltan para estar viviendo esta realidad por muy extraña que parezca.

Mi cuerpo ha decidido putearme, ciertas células por decreto ley han hecho su propia revolución, en un alarde de promiscuidad se han procreado salvajemente, ¡Qué hijas de puta! Son tan humanas.

El cabreo se ha ido transformando en sensaciones que golpean mis pensamientos. Es mi tiempo y lo que haga con él y no lo que haga el tiempo conmigo. Ahora mis pisadas son ciertas porque están ahuyentando fantasmas que siempre llevé conmigo.

La vida me ofrece gratas sorpresas. Sigo con emociones encontradas, por ahora no puedo expresarlas pero sí sentirlas en toda su dimensión.

Ahora cada palabra, cada gesto cuenta porque la vida nos empuja a pronunciarnos, a sentirnos, a arder en la pasión propia de sentir todo aquello que somos, todo aquello que soy.

Ayer releyendo el diario, fui muy consciente de toda mi mierda emocional, quiero liberarme de ella, ahora sé que puedo hacerlo. Mi corazón siente las palabras de Marina Tsvetaeva, Vivir en el Fuego, la pasión del fuego que puede hacerme feliz pero puede consumirme, porque la ira no es más que un fuego que carboniza mis entrañas. ¡No quiero más!

Sí quiero la pasión de vivir en el fuego, de sentir la vida palpitar en mí como nunca, pero ya no quiero ser una mujer atada ni a pasados ni a futuros, mujer de eterno presente, con ojos que el tiempo no puede perturbar.

Ahora después de hablar con JC, empezaremos con un plan para preparar mi cuerpo. Mi cuerpo, algo tan cotidiano, tan normal, tan propio, pide ser escuchado, es extraño. Mi cuerpo ahora es Itaca, sé que en mi sangre palpita Ulises, capaz de grandes proezas para conquistar aquella tierra.

La enfermedad nos enfrenta a nosotros mismos porque cuestiona nuestra forma de vivir y de entender la vida. Demasiadas veces vivimos anestesiados a todo lo que nos rodea y lo peor, vivimos anestesiados de nosotros mismos. La enfermedad me ha gritado, sacándome de mi propia realidad e incluso de mi misma, para liberar toda mi verdad que yacía dormida.

Hasta hace poco me había conformado y confiado a una realidad que falsamente quise hacerla mía, aún a sabiendas que debía tomar decisiones, mi cobardía, y el eterno ¿y si….? ¿y si me equivoco? ¿y si no va bien? ¿y si no encuentro otro trabajo? ¿y si…? ¿y si…? Al final el tiempo hace su trabajo a fuego lento cambiando la talla de mi vida.

Físicamente estoy cansada, mis anhelos siguen vivos y mi destino es incierto.