12 de diciembre de 2011

La claraboya esparrama la luz ya con matices invernales, es una luz llena de frío que se esparce por toda la buhardilla.

Expresarse es vivir. Lo importante es hacerlo, no recluir los sentimientos y emociones en una habitación oscura donde en realidad no duermen, se agazapan, se friccionan, se hacen grandes, se agitan y acaban saliendo con virulencia. Expresarse es un ejercicio que nos honra, porque expresar lo que uno vive dentro de sí mismo es desnudar el alma, nuestro todo.

No quiero protegerme más, no quiero que mi sentir más profundo acabe siendo un caballo desbocado, porque no tengo capacidad de dominarlo, es un caballo que me domina y me hiere, porque con el tiempo termino cayendo en un abismo de difícil salida.

Sé que los momentos de sosiego los llevo conmigo, porque la normalidad es fugaz en una vida llena de movimiento como la mía, sin puntos de referencia.

Sigo despidiendo aquella parte de mí que pesa, porque las cargas emocionales son tediosas de llevar, es un proceso que lejos de dolerme me llena de melancolía, me cuesta entender no vivir lo que uno está sintiendo, como si la vida tuviera que pararse y ponerse en modo “stand by”. No, yo no, sigo andando en ese camino que soy yo misma, en esa eterna conquista de mi propia Itaca interior.

El miércoles nuevamente otra revisión, esta vez la patóloga mamaria, ella me dio la noticia. Qué lejos queda todo y qué cercano está lo vivido, son marcas hechas con la más bella escarcina. Cicatrices que duelen cuando cambia el tiempo, que duelen cuando mi brazo carga peso, cicatrices que llenan mi corazón sondeando caminos nuevos hacia lo que soy realmente.

La normalidad es maravillosa y con ella da comienzo una nueva etapa.

Los zapatos ya no son los que calzaba, ahora a veces me duelen los pies, es una simple cuestión de adaptación entre pie y zapato. El camino sigue estando lleno de posibilidades y probabilidades. Tengo muchos sentimientos que vivir y andar.

Cocino, lavo los platos, voy a comprar, lo que en otro tiempo eran obligaciones cansinas, el cáncer me imposibilitó hacerlas, ahora es un placer y tomo el tiempo necesario para los quehaceres cotidianos, sin prisas, disfrutando de las conversaciones en el supermercado. Los velos de la realidad cotidiana los ha borrado el cáncer y eso es lo que más me alegra, ahora todo tiene ese punto de magia.

Nos circundan verdaderos anestésicos emocionales, el sentir nos conduce a latir con la vida misma, en palabras es difícil, porque el sentir trasciende las palabras, los colores, el sonido, las texturas, el sentir es una proeza y vivir esa magia es dejar que la vida que duerme en nosotros mismos se exprese.

Las palabras mueren cuando son sencillamente palabras, conjuntos de letras con cierta coherencia que tatúan un papel, pero son aquellas palabras, las palabras que viven en el sentimiento, que se agobian ellas mismas por no dar el sentido real de lo que palpita en ellas mismas, son esas palabras, las que me construyen y son las que me hacen vivir en el fuego, en el agua, en el aire, en la tierra, son las palabras que brotan de la esencia misma. Las palabras acaban siendo las texturas de mis sentimientos y de mi propio camino. Es momento de andar sin zapatos ni calcetines, que el dolor y el placer sean los propios del camino y no de calzar zapatos.

Hoy el dolor ha sido intenso y me ha costado levantarme.

Hace frío.

La normalidad está siendo un bálsamo para todos, nos está apaciguando y en casa hay cierto grado de armonía. Me gusta y no quiero apegarme.

Humea el incienso de lavanda y la gata se ha vuelto a instalar en la buhardilla.