22 de abril de 2013



El Montseny sigue seduciendo a mi ventana, danzan sobre un campo tapizado con moqueta verde. La primavera empuja, emerge,  es intensa, la primavera da el compás y ritmo necesarios  para esos amantes que bailan.  No les importa que la tarde lleve una capa gris.

El dolor emerge, aunque hemos pactado no molestarnos mucho, cuando quiere el dolor se hace notar. No importa si además me duele la cabeza, san ibuprofeno y san paracetamol rezan en mis venas para obrar el milagro, el dolor debe marcharse o si más no, debe ser sutil. Así es el pacto.

En la nevera no paro de mirar el papel que me mandaron del hospital, próxima parada, ginecología. Qué rápido pasan seis meses. Mi mente es una traidora, piensa, duda y se sumerge en los miedos.
Es el ahora, no importa la emoción, el ahora se hace grande e intenso.

Siento que debo dar pasos para dar por zanjado un pasado que sentí como una carga y ahora es liviano como una pluma, un pasado que contiene todo y no tiene nada. Al final de todo recuerdo queda la emoción, puede ser tersa o áspera, la cuestión es elegir libertad o esclavitud.

Juego en la cocina con los niños, hemos preparado pizza casera. Harina, agua, aceite de oliva, levadura y sal, una mezcla alquímica, todos los ingredientes en un recipiente acariciados por las manos, por separado no son nada  en cambio juntos son la base, la piedra angular para hacer una buena pizza, como en la vida todo necesita una buena base. Después de mezclar todos los ingredientes, la masa tiene una textura  suave y aterciopelada que debe reposar, como toda experiencia.

Hicimos dos pizzas que los niños adornaron a su gusto, ya en el horno, el calor hizo de las suyas, pronto la casa se perfumó. Aquel olor me deslumbró, sigue renaciendo el olfato, el sentido más truncado está más sensible que nunca. 

Soy consciente de los tiempos que vivo, los médicos rubrican órdenes de desahucio, como si la dignidad fuera una cuestión desahuciable por unos pocos, como si la vida o la muerte fueran cuestionables por órdenes de desahucio. 

Determinar la frontera entre la vida y la muerte  nos devuelve a la era pagana, ahora los dioses llevan bata blanca y ya no rezas, sino que consumes pastillas de todos los colores y sustancias químicas varias,  que terminan por transformarte en protagonista zombie de Walking Dead. 

Entiendo que para algunos médicos,  en su fe ciega,  solo seamos unos millones de células, más parecidos a un algoritmo matemático o a un programa informático, sin emoción y sin pensamiento. Al margen de creencias, no solo somos un cuerpo, somos emociones, sentimientos, pensamientos, no importa cómo sean si instintivos, creativos, tristes, violentos, somos algo más que millones de células organizadas en diferentes órganos. 

Sentir me hace libre, la esclavitud llega cuando un médico da una orden de desahucio, te dice que caducas ante la vida. No juguemos a ser dioses. La vida no termina en una fecha y hora determinadas por una bata blanca, la vida la determina uno mismo. ¿Vivo en el final o sencillamente vivo en el ahora donde todo sigue vivo?. Para vivir hay que ser libre. 

Vida y muerte son actos de valentía, para vivir y morir nos imponen condiciones, ¿Para qué vivir si soy esclavo de los demás? ¿Para qué morir si no he conocido la vida y la libertad de ser?. 

Sometidos a la familia, sometidos a la sociedad en donde crecemos ¿queda espacio para nuestro yo más genuino? Quizás, pero esta conquista de uno mismo tiene a veces un precio muy grande, ser consciente de la esclavitud de uno mismo. La enfermedad me puso ante este camino, no tengo mérito ninguno, porque las circunstancias dictaron la senda que debía andar, pero paso a paso, solo existe una certeza, la realidad de lo que soy y siento.

Las emociones no pueden ser aplazadas necesitan expresarse. 

Curioso que una sociedad que la gobiernan personas que jamás se harán responsables de sus actos, en donde se premia la irresponsabilidad de la acción y sus consecuencias, la vida se empeñe en enfrentarnos a la enfermedad que nos obliga a hacernos responsables de nuestro cuerpo, mente y espíritu. 

Entiendo y respeto a los médicos, muchos de ellos grandes profesionales, pero las órdenes de desahucio son peligrosas. Un amigo ha recibido una, me cabrea, porque con la orden de desahucio te dejan con más mierda, congelan la vida, utilizan el miedo como herramienta para experimentar en tus propias carnes nuevos tratamientos encarnizados,  sodomizándote a la casta médica y farmacéutica. La vida no puede quemarse por órdenes de desahucio, la vida tiene que resucitar con más fuerza, la vida tiene que explotar en la cara de aquellos que juegan a ser dioses. 

Releyendo mi diario, al principio me sentí cabreada, te joden la vida con un diagnóstico como este,  te preguntas muchas cosas y no entiendes lo que sucede. Hasta que llega la pregunta ¿siempre he sido yo misma?  La respuesta es muy dolorosa, pero no hay otra NO. 

He sentido que la enfermedad, sea la que sea, te conduce a expresarte en esencia, sin juicios, sin pensar en lo que es políticamente correcto o no. Cada uno tiene su carga emocional, la enfermedad nos obliga a expresarnos tal como somos. Pensamos en lo devastadora que es, pero también ella nos aporta luz y sentido común, reconectándonos con una parte de nosotros mismos que dormía desde hace tiempo.

Una buena amiga me preguntó por qué seguía escribiendo sobre el cáncer, si ya esta pasada y superada la experiencia ¿por qué lo hacía? Me sorprendió la pregunta. 

La enfermedad estableció una frontera clara entre pasado y presente, ahora el presente está lleno de incertidumbres en donde sólo existe la capacidad de vivir la vida, esta experiencia me reprogramó para vivir, me hizo consciente de lo muerta que estaba y me ha regalado un presente lleno de intensidad. Ahora estoy más viva que nunca. 

Sé que no debería tomar café pero es mi debilidad, café intenso, con dos cucharillas de azúcar, un azúcar dulce como la vida, café dulce con pinceladas de amargura, su olor penetra por los rincones anunciando que la conquista de mi misma es un paso incierto,  desde la certeza de la vida. 

El gato muy gato duerme en la habitación de mi hijo.