9 de Mayo de 2011

La claraboya sigue deleitándome con las luces primaverales que de día y de noche se muestran tal cual son.

El viernes me operaron, fue una semana de miedos e inseguridades, que el mismo día de la intervención se desvanecieron. Puedo vivir la verdad que soy envuelta en muchas realidades. He elegido vivir la verdad desde la verdad.

La semana pasada la dediqué a solucionar temas pendientes, esta es una nueva etapa de la enfermedad y por consiguiente y nuevamente una oportunidad para sacar y sanar todo aquello que ya no sirve ¿para qué ir con una mochila llena de trastos inservibles?

No quiero decir que el pasado sea inservible, el pasado pesa cuando en él se deposita el sufrimiento, sanar el pasado es aligerar su carga y quedarnos con lo aprendido en esencia, al fin y al cabo nuestro transitar por la vida ha de ser en esencia.

Me sigue moviendo el cambio.

La operación resultó bien, además mi corta estancia en el hospital fue todo un lujo, estuve en una cama, porque mis dos intervenciones anteriores estuve en un sillón, eso sí cómodo, pero no deja de ser un sillón. En la cama pude arrearme un par de siestas que me sentaron fenomenal, me fui tarde, pero sin mucho dolor y sintiendo esta vez la profunda limpieza, que no sólo se había hecho en la zona tumoral sino también en mi alma.

Estos días me preguntaba si la dirección que había tomado mi vida era verdadera, porque todas las direcciones son correctas, todas las direcciones encierran una realidad, pero dadas las circunstancias que estoy viviendo, me preguntaba si estaba en una realidad, las realidades suelen ser disfraces con los que la mente juega, o en una verdad.

Desde el viernes la vida me ha dedicado su alegría y sonrisa, entre paracetamoles e ibuprofenos, porque más allá de todo he decidido vivir de verdad, quizás haya sufrimiento, pero pasa, cuando uno se perpetúa en los juegos de la mente el sufrimiento pervive porque no se supera.

Sería estúpido nacer sin sentido alguno, aunque seamos y simplemente acabemos siendo polvo, somos, esa es la grandeza del lenguaje de la vida, que por mucho que queramos estar sordos, la vida dialoga con nosotros en dolby sorround. Es el compromiso más cierto, cuando nos comprometemos con la verdad y autenticidad con la que vivimos sin autoengaños.

Dentro de unos días me toca visita con mi médico, un ciclo más de quimio me toca seguro. Ahora ya sé a lo que me enfrento, quizás es mejor aceptar lo que sucede que luchar contra una fuerza mucho mayor que yo, es el flujo de la vida y ante él sólo nos queda rendirnos.

Desde que empezó mi periplo, me conquisto, aunque mi yo, mi Itaca, a veces sea difícil de conquistar, es la inocencia, aquello que uno es en silencio, en donde las palabras danzan tratando de escabullirse, tratando de hacerse un lugar propio de los pensamientos.

Físicamente cansada, miro atrás y respiro profundamente por todo lo que he dejado, respiro profundamente y siento el ahora abrazándome, el futuro es un tropiezo con el que perder el tiempo y olvidarnos que la vida palpita ahora.

Miro mis brazos, mi circulación venosa está resentida, se han endurecido y encogido las venas por efecto de la quimio, pero no importa, sigo escribiendo, sigo llorando cuando una música me emociona, sigo leyendo el Quijote de mi alma.

He comido unas verduras, no tengo mucha hambre. ¿Qué quiero más si estoy en un post operatorio? Vivir y danzar con la luz.

Mi abuela ha cumplido 90 años, me sentí feliz por estar en la fiesta de su cumpleaños, su mirada es la síntesis de lo vivido y superado. Pude encontrarme con toda mi familia, abrazarlos, charlar, reír, ese es el privilegio, como dice mi gran amiga E. la vida es el arte del encuentro.

Todavía me quedan unos meses, lo importante ahora es tomar un té de semillas y leer nuevamente las aventuras de Quesada.

La gata muy gata duerme a mis pies, me mira y yo la miro.