15 de Junio de 2011

La claraboya está alegre, la luz a chorro penetra por todos los rincones de la buhardilla. Mi ánimo tibio se alegra ante este espectáculo.

Mi mente está cansada, mi corazón late cansado, han sido tres días de hospital difíciles. Esta quimio ha hecho de las suyas doblegando mi cuerpo hasta la extenuación.

Perdí el conocimiento el jueves, una ambulancia me llevo al hospital. Sólo puedo decir que fue todo muy rápido. Lograron parar los vómitos que durante un par de días no me dejaban asimilar nada. Así que la misma madrugada ya estaba en casa. Todo bien hasta el fatal domingo, que volvieron con más virulencia, otra vez una ambulancia y tres días de hospital.

Convulsiones, dolor y ganas de acabar con todo. Me pusieron morfina y valium, porque mi cuerpo estaba derrotado y mi ánimo se sentía perdido entre dolores.

El factor humano en el hospital, impresionante, más que sobresaliente. La vida abre los ojos del corazón para sentir la entrega que estas personas tuvieron conmigo. Es tan importante el factor humano en momentos así que, más que agradecerse, mi alma se nutrió de todos y cada uno de los afectos.

Por primera vez sentí miedo, porque de algo estoy segura quiero vivir. Ya no existe sangre en mis venas sino el pulso de la vida que se abre paso con cada gesto, con cada respiración.

Estos días en el hospital han dejado una huella profunda en mi, los afectos que siguen sorprendiéndome y me acercan a la esencia misma de la que estamos construidos todos. También me sorprendo de mi misma, porque si ya me expreso, ahora soy capaz de desnudar mi alma sin más, solía ser una niña que se expresaba poco, pero ahora, aquella niña se expresa en un cuerpo de 42 años. Me siento bien.

El box de urgencias ha sido todo un lujo para mi, en el trasiego de ir y venir de enfermeras, auxiliares, médicos, equipo de limpieza, todos y cada uno de ellos me han regalado lo mejor de sí mismos, con sus gestos, sonrisas, apretones de mano, cariño sincero. Uno podría pensar que se les paga por ello, pero hay que ponerse en su piel, debajo de sus batas habitan seres humanos de enormidad encomiable.

Mi dulce hermana, mi amada hija, mis padres, todos nos asustamos ante la reacción que tuve, han sido sus miradas llenas de emociones contenidas, de preguntas con respuestas difíciles y el sobrecogedor silencio de la mirada hacia un ser querido que no quieres perder, todas estas miradas han traspasado mi alma. Mi alma por eso está tranquila porque sigue palpitando.

La vida ha cambiado, porque ya mis ojos no pueden mirar la vida de otra manera que no sea desde mi corazón palpitando al son del aire.

Respiro porque amo el aire, camino porque amo la tierra, lloro porque amo el agua, abrazo porque amo el fuego, mi corazón late porque ama el cielo y yo sigo viajando.

Hacer lo que se supone que se ha de hacer es morir ante el milagro de la vida, sentir nos impulsa a vivir, a calzarnos las estrellas en los pies, porque en nuestros pies habitan las constelaciones de nuestra alma.

Estoy comiendo, aunque los sabores siguen defraudando a mi paladar.

Huele a incienso.

La gata muy gata me ha echado de menos, ronronea en mis pies. La gata muy gata quiere danzar conmigo, pronto danzaremos juntas.